divendres, 20 d’abril de 2012

¿Quienquién?


Un cuarto helado. Muy iluminado. Y en medio del desierto. Allí es donde viviré cuando salga de aquí.” Fueron las últimas palabras que dirigí a quien durante más de cinco años fue mi compañero de celda. Recuerdo que lo dejé sin palabras, cosa que no pasaba muy a menudo, y es que aunque solía ponerse muy pesado lo echaba de menos. Pero en aquel momento no podía imaginar que una frase tan carente de sentido podría llegar a hacerse realidad. Desde entonces debí alternar mis gélidos descansos en mi casa de hielo con los tórridos paseos por la arena del desierto. Salir del fuego para caer en la brasas, dicen, aunque en mi caso ardía y tiritaba a partes iguales. Fumaba todo el día. No había otra cosa que hacer. Y normalmente lo hacía sobre la arena, pues temía derretir mi morada, otro sinsentido estando a cuarenta grados a la sombra de mis paredes de hielo. Pero aquel día no pude soportar el calor y fumé en el interior del cuarto. Se derritió después del tercero. A la tercera va la vencida, dicen también, así que sentado sobre las húmedas ruinas de mi casa que pronto se evaporaron intenté pensar en otra ingeniosa frase que me sacara de allí. Esta vez, sin embargo, la frase pareció venir del cielo. “Y para tomar el cuarto se puso un tutú.” Oí sobre mi recalentada cabeza. Nunca he sido muy creyente, pero reconozco que la posibilidad que Dios hubiera encontrado en mí a otro Moisés me gustó. Levanté la vista, pero el sol me cegaba. ¿De dónde diablos iba a sacar un tutú? A mi alrededor las dunas se sucedían hasta llenar todo mi campo visual, y yo con mi cigarro en la boca listo para encender esperaba el maná en forma de tutú. ¡Payaso! Me dije en voz alta, ¿quién esperas que te ayude?
-¡Servidor! -oí a mis espaldas.
Me giré y vi a un verdadero payaso tras de mí haciendo malabares con cubitos de hielo. ¿Realmente tendrían algún efecto mágico mis palabras?
-¡Opla! -dijo el payaso al caerle encima una iguana peluda y perder el equilibrio.
-¿No tendrá por casualidad un tutú? -le pregunté mientras lo ayudaba a levantarse.
-¿Tutú? ¿Mimí? ¿Yoyó? -y sacó un yoyó de uno de los bolsillos de su coloreada chaqueta.
Lo cogí y dudé si encenderme el cigarro o no. Al fin y al cabo si era en primera o en segunda persona no debería tener mucha importancia. Así que saqué el mechero de mi bolsillo y lo encendí.
-Has razonado bien -oí que me decían, pero no era el payaso quien había hablado sino la extraña iguana que seguía en su cabeza. Parecía una peluca, pero era el gato de mi vecina que tenía el pelo morado. La recordaba bien porque estaba tremendamente buena, ¿pero qué hacía su gato en la cabeza del payaso?
-Yo a ti te conozco -le dije al gato después de saborear la primera calada-, ¡destrozaste mi moqueta!
-Debía proteger a Amalia del pervertido del vecino -dijo el gato en tono burlón.
-Amalia... -suspiré-, lo que daría por volver a verla.
-Sí, aún recuerdo cuando le cayó encima el bote de pintura.
-¿Qué bote? ¿Y qué es lo que estás haciendo aquí? -grité malhumorado.
-Podría habérsela expuesto en una galería de arte -prosiguió el gato.
Entendí que en la situación en la que me encontraba no me convenía discutir así que decidí seguirle la corriente.
-Un verdadero monumento, sí señor, digna de estar en un museo -añadí haciendo un guiño a mi interlocutor.
-¡Pero de qué demonios me está usted hablando! -gritó el payaso fuera de sí-, y devuélvame mi yoyó, no sé quién es, pero no me gusta su cara ni cómo me mira, así que haga el favor de apartarse de mi camino.
No salí de mi asombro al ver al enfurecido payaso con cara de iguana que me increpaba de aquel modo. Me arrebató el yoyó que aún sostenía en mi mano y se alejó a paso lento, el que le permitían los grandes zapatos rojos que dejaban tras él unas ridículas huellas en la arena. Continuaría viendo esa visión fantasmagórica mientras tuviera un ápice de temperatura colonorectal, pensé.

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