dilluns, 18 de juny de 2012

Ella


   Entro en el coche, siempre lo dejo abierto cuando estoy en el pueblo, y observo por el retrovisor el atardecer sobre la campiña. El viento mece suavemente los árboles y unas hojas se desprenden de ellos para depositarse en la luna delantera. Salgo para quitarlas y las acomodo sobre el banco. Han venido a decirme adiós, pienso mientras contemplo sus siluetas y me pregunto por qué los árboles lloran hojas en un día tan bonito. La casa también parece triste encerrada entre las paredes que la privan del olor de la hierba y me entran ganas de quedarme y ser su ventana al mundo. Pero mal que me pese debo volver a la ciudad y entro de nuevo en el coche con la sensación de que me están intentando contar un secreto. Me gustan los secretos, yo tengo muchos, y los guardo a buen recaudo con un susurro en lugares que sé que no me traicionarán. Echo una última mirada por el retrovisor y creo ver a las contraventanas batirse a modo de despedida, curioso porque no tengo contraventanas, pero no me voy a dejar seducir por simples imaginaciones y pongo la mano en el contacto. La llave no está.
   Cuando abro la puerta de casa la noche ya se ha adueñado del cielo. La bombilla del recibidor duda si encenderse o no, para acabar resolviendo fundirse con la negrura que reina afuera. Es noche de luna nueva y espero unos segundos a que mis ojos se acostumbren a la oscuridad, los suficientes para que se apodere de mí una extraña sensación. Hay alguien en la casa. Sé que es una idea absurda, he pasado muchas noches solo en ese gran caserón y nunca he tenido miedo, pero no puedo dejar de pensar en que me están observando. Estoy a un paso de la puerta, pero la casa más cercana está a media hora a pie. Necesito las llaves del coche. Tan solo tienes que llegar al comedor, recoger las llaves e irte por donde has entrado, digo al niño asustadizo que ha crecido dentro de mí, y empiezo a andar lentamente reconociendo con las manos los rincones por los que voy pasando. Instintivamente pego la espalda a la pared, con lo que mi avance es más bien torpe, y el sudor frío que se desprende de mi nuca empapa mi camiseta. Me detengo y veo que tan solo me he alejado unos pasos de la puerta, pero los suficientes para que huir no sea una opción. ¿Huir de qué?, pienso agarrado a la silla que me sostiene. Pero las respuestas que me vienen a la cabeza no hacen otra cosa que ponerme más nervioso. Mido con la mirada la distancia que me separa del comedor y me convenzo de que puedo llegar hasta las llaves y salir corriendo sin ser visto por quien sea que esté allí. Y entonces decido lanzarme a la carrera hasta el comedor. Salto por encima de la silla. Tropiezo y caigo al suelo. Me golpeo con la escoba en la cabeza. Me levanto usándola como bastón. Y sigo corriendo. Con la escoba en alto. Sin mirar atrás. Y así llego al comedor. Jadeando y con la cabeza ensangrentada. Las llaves del coche están encima de la mesa, y al cogerlas me siento un verdadero idiota.
    Enciendo la luz y puedo ver en el espejo el aspecto deplorable que tengo. A mi alrededor todo parece en orden y me reiría si no fuera porque el corazón sigue golpeando mi esternón a un ritmo frenético. ¿Qué extrañas fuerzas hay en el interior de una bombilla para ahuyentar toda clase de temores? Contemplo su luz incandescente y el calor poco a poco va volviendo a mi cuerpo. Más tranquilo voy al baño y ahogo mis sudores en el agua helada del grifo. Dejo llenarse la pica y sumerjo mi cara en ella. Me parece estar en otro lugar. Al incorporarme el agua tiene un tono rosado, más bien pálido. Es una pequeña brecha en la sien, nada importante, y me seco lentamente. Por el espejo puedo ver el recibidor que sigue sumido en la oscuridad. La silla en medio de la sala me recuerda mi estúpido comportamiento, y tras ella la puerta de entrada. Cerrada. No recuerdo haberla cerrado. Estoy seguro de no haberla cerrado. Aún con la toalla en la mano salgo del baño y vuelvo al comedor. La luz sigue encendida. Me meto las llaves del coche en el bolsillo y cojo la escoba de nuevo, pero cambio de opinión al ver el cuchillo sobre la encimera. Así que armado con él decido explorar el resto de la casa. Una casa que ya no reconozco, cada umbral que cruzo me aleja de lo cotidiano para adentrarme en un terreno que cada vez veo más hostil. Tras cada puerta o rincón creo ver sombras que me acechan, que se esconden, me observan y me guían hacia donde ellas han decidido presentárseme. Y yo, sin ningún margen de decisión me dirijo directamente hacia allí. Ahora ya sé quién me ha citado. Sé que ella me espera paciente, no tiene prisa, sabe que no voy a escapar. Pero, ¿y yo? ¿qué es lo que busco? La curiosidad se sobrepone a mis miedos y, con cautela, completo la inspección de la casa, cuarto por cuarto, armario por armario, miro debajo de las camas, detrás de los muebles, hasta que me convenzo de que debo ir a buscarla.
    Bajo las escaleras del sótano con la luz apagada, no quiero que vea mi cara de terror. A cada peldaño que piso la puerta se hace más grande, y no sé si tendré fuerzas para abrirla. Me agarro tan fuerte al pasamanos que los nudillos me duelen, me cuesta mantener el equilibrio, pero sigo bajando y antes de lo que quisiera ya tengo frente a mí el pomo, que brilla en la oscuridad atrayendo mi mano libre hacia él. Lo giro lentamente, pero la puerta no parece querer abrirse. Alzo la mano para llamar, pero pienso que quizás no sea una buena idea y pruebo a empujar de nuevo. Nada. Dejo el cuchillo en el suelo y presiono con mi cuerpo, esta vez la puerta se entreabre y una corriente de aire frío me recibe silbando. Termino de abrir la puerta del todo para cerciorarme de que ninguna sorpresa me espere tras ella y me adentro en el sótano. La oscuridad es absoluta. Me agacho palpando el suelo para recuperar el cuchillo sin quitar la vista de mi alrededor, pero no soy capaz de encontrarlo. Entonces me levanto decidido a enfrentarme a ella. Busco su silueta delgada, pero lo único que percibo es el goteo de un grifo que nunca tengo tiempo de arreglar. Cierro la puerta y me siento en el suelo con los ojos cerrados, quiero que sepa que me he entregado a ella. No tengo ninguna noción del tiempo que pasa, pero el frío va calando en mí y empiezo a impacientarme, así que me levanto y tras echar un último vistazo me dirijo a la puerta, me sorprende la suavidad con la que se abre, y al salir tropiezo con el cuchillo. Mientras subo las escaleras pienso de lo que me he librado, y al llegar al último peldaño suspiro aliviado y mirando la puerta del sótano me recrimino haberme abandonado de esa forma. Dejo el cuchillo en su sitio, apago las luces y salgo de la casa con las llaves del coche en la mano.
   Otra vez en el coche bajo las ventanillas para que me dé el aire. Estoy empapado de sudor y no sé cuánto tiempo he perdido, así que enciendo el motor y piso a fondo el acelerador. No me atrevo a mirar por el retrovisor. A medida que me alejo de la casa dejo atrás mis miedos y pienso en la semana que me espera por delante, el trabajo, Clara, los niños y esa cena que llevamos tiempo preparando con los amigos. Tan rápido como avanza el coche me olvido de lo sucedido y sonrío al recordarlo. Los faros del coche disparan contra las tinieblas despejándome el camino, y cada vez estoy más relajado, más cerca de algo, y lo único que sé es que quiero llegar. Acelero. Pero justo antes de incorporarme a la autovía me parece ver una sombra que se mueve en el margen de la carretera. Mis faros no la alcanzan. Sí alcanzan en cambio el sentido contrario y el coche que viene de frente. No tengo tiempo de ver quién conduce, pero sé que al fin me ha encontrado.

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