dijous, 7 de juny de 2012

Estancados


 Él llegó a la riba del lago exactamente a las dos en punto. A pesar de las nubes la luna llena iluminaba el lugar, y después de cruzar el bosque protegido por la sombra de los robles se detuvo para admirar el paisaje. Era principios de otoño y aún no hacía mucho frío. Una pena no ver el color de las hojas, pero el sonido al pisarlas le servía para imaginarlo. Se descalzó y dejó que el agua mojara sus pies, una rama se metió entre sus dedos, y al agacharse a cogerla se vio reflejado en el lago. Vio brillar sus ojos y como sus cabellos acariciaban sus mejillas al sonreír. Desfiguró con la mano su imagen especular, y mientras ésta se recomponía observó las ondas concéntricas alejándose de él. Alzó la vista siguiéndolas. Cuando la lejanía y la oscuridad ya no le permitieron verlas se dejó guiar por su oído. Cloc. La primera había llegado a la otra orilla. Una áurea blanca recortaba la silueta de los primeros árboles, que se estiraban estilizados hacia el cielo. Negros con el contorno blanco se habían vestido elegantemente para la ocasión. 
 -¡Qué hermoso lugar! -exclamó.
 Ella salió de la casa con la cazadora abrochada. La oscuridad que reinaba fuera le auguraba una noche fría. Miró al cielo e intuyó la luna tras las nubes. Unas nubes finas que se ramificaban en mil brazos queriendo abarcarlo todo. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad empezó a distinguir la escarpada silueta de las colinas. Era una afilada dentadura que rodeaba el lago amenazando con engullirlo. Más abajo, las afiladas copas de los árboles parecían estacas clavadas en la tierra, que estaba fría, fría y húmeda. Se alegró de llevar las botas. Sólo de imaginar sus pies desnudos sobre el cenagal un sudor frío recorrió su espalda. Se dirigió al embarcadero y subió a la lancha. Al poner el motor en marcha se vio reflejada en el agua. Tenía la cara pálida y los ojos hundidos. Forzó una sonrisa.
 -¡Qué lugar más deprimente! -susurró.
 Ella avanzaba a bordo de la lancha hacia las tinieblas. Él veía acercarse una luz resplandeciente. Ella paró el motor y le lanzó un cabo. Él se mojó hasta las rodillas para cogerlo. Ella no hizo ademán alguno de bajar. Él empezaba a tiritar de frío. Al fin, subió a la lancha y se encontraron frente a frente. Lentamente acercaron sus rostros hasta fundir sus labios en un prolongado beso.
 -Ya sé que no tenía que venir, pero necesitaba verte -dijo él desabrochándole la cazadora.
 -Si mi padre nos pilla te va a matar -dijo ella aflojándole el cinturón.
 -¡Al infierno con tu padre! Estoy harto de esconderme -dijo él subiéndole el jersey.
 -Cómo se nota que no le conoces, ¡mira que venir hasta aquí! -dijo ella bajándole los pantalones.
 -Vendré cada día si hace falta, no soporto tenerte lejos -dijo él quitándole el sostén.
 -No me lo pongas más difícil, lo vas a complicar todo -dijo ella quitándole la camiseta.
 -Lo difícil son estas jodidas cremalleras -dijo él tirando de los pantalones y las bragas.
 -Aún hay cosas que se te resisten, ¿eh? -dijo ella arrancando sus calzoncillos.
 No hubo más tiempo para las palabras. Ya desnudos los dos se lanzaron uno encima del otro y el vigor de sus embestidas hacía zozobrar la lancha de tal manera que en más de un momento el naufragio fue más que una posibilidad. Él se había puesto encima y mientras le besaba el cuello la penetraba una y otra vez, alejando la lancha de la orilla. Ella lo rodeó con su pierna derecha y con una hábil maniobra invirtió las posiciones. Se irguió a horcajadas sobre él, y con las manos en su velludo pecho siguió empujando la lancha con su movimiento de cadera. Tenía los ojos cerrados y apretaba los labios. Un hilillo de sangre apareció en la comisura de éstos. Él arañaba más que acariciaba sus muslos, y en sus ojos abiertos como platos se reflejaban los pechos de ella.
 Un frenazo brusco la precipitó sobre él. La lancha había llegado a la otra orilla. Él acarició sus rizos mientras se metía más dentro de ella, pero ella miraba al frente pálida como la luna.
 -¡Papá! -gritó.
 Él giró la cabeza y lo vio.
 -¡Padre! -fue lo último que salió de sus labios.
 -Eres tan puta como tu madre -dijo levantando el humeante cañón de la escopeta.

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